¡Hoy es Navidad! Es el día que volvemos a reconocer una vez más que Dios no se queda lejos de nosotros. Él se abaja, se acerca, entra de lleno en nuestra historia y se compromete con cada vida humana. El retorno anunciado por Isaías en estos días previos del Adviento se cumple en el Niño de Belén. La alegría explosiva del profeta se adelanta a la sencillez del santo bebé de Belén, la Palabra eterna transformada en carne y hueso. El nacimiento de Dios —en Belén y en el interior de cada uno de nosotros— no es un accidente histórico ni un gesto improvisado: brota de una decisión eterna del Padre de ls misericordias, un designio atemporal del amor divino que ha sido predispuesto desde siempre.
Ya desde la eternidad, Dios decretó hacerse verdadero ser humano. En su sabiduría infinita, Dios quiso acercarse hasta lo más hondo de nuestra condición, asumir la fragilidad que nos define y entrar en el territorio donde habitan nuestras sombras. Ninguna noche humana queda fuera del alcance de su luz, de su mirada de misericordia, porque el Verbo hecho carne ilumina y salva cada rincón de nuestra humanidad. Como proclamó hace muchos años san Atanasio de Alejandría en su tratado De Incarnatione: «El Hijo de Dios se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser Dios».
El Prólogo de san Juan que hemos escuchado en el evangelio de la misa del día, es la cima de todo esto: «En el principio existía el Verbo… y el Verbo era Dios». El abismo del amor eterno entró en los límites de la historia. La Luz verdadera se ha hecho carne y ha puesto su morada entre nosotros. Dios vino a instalar su tienda junto a la nuestra. No solo nos visitó, sino que permanece con y por nosotros. Y para siempre. Como el Verbo se ha hecho carne, la vida humana ha cambiado por completo. Pidamos a María Santísima, en cuyo seno el Verbo tomó carne, que nos enseñe a guardar este misterio en el corazón. Que el Niño de Belén haga renacer en nosotros la humildad de los pastores, la alegría de los ángeles y la fe obediente de José. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! ¡Feliz Navidad!
Padre Alfredo.
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