viernes, 13 de febrero de 2026

HERMANA ESTELA GONZALEZ ALMARÁS... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo

El 11 de abril de este 2022 falleció la hermana Misionera Clarisa Estela González, una misionera que pasó gran parte de su vida consagrada en los Estados Unidos y a quien conocí en 1984 y seguí viendo en múltiples ocasiones hasta hace 4 años. En estas líneas quiero compartir con ustedes, basado en la crónica de su vida que hacen nuestras hermanas cuando una de ellas fallece, algo de su vida.

La hermana Estela, cuyo nombre completo es María Estela Guadalupe González Almaraz, nació en Monterrey, Nuevo León, México el 11 de diciembre de 1940 y fue miembro de una familia católica en donde aprendió los valores de la vida cristiana que supo siempre desarrollar en su vida consagrada y en los que su familia de sangre vive hasta la fecha. Tengo el gusto de conocer a dos de sus hermanas yen especial a su sobrino sacerdote Anuar, un buen amigo que ejerce su ministerio como párroco en la arquidiócesis de Monterrey.

Estela ingresó a la comunidad de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 19 de marzo de 1960 en Cuernavaca Morelos, México, en donde se encuentra la Casa Madre de la comunidad y en donde fue recibida por la Madre Teresa Botello Uribe —fiel colaboradora de la madre fundadora y de feliz memoria también— y allí mismo, el 27 de febrero del año siguiente, 1961, inició su etapa de noviciado para luego profesar los votos de pobreza, castidad y obediencia de manera temporal el 15 de agosto de 1963. Tanto su inicio de noviciado, como su profesión perpetua, las hizo ante la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora y superiora general de la congregación.

Inmediatamente después de hacer su profesión temporal, fue enviada los Estados Unidos en donde desde 1965 hasta 1975 fue maestra en la escuela de la parroquia de Santa Bárbara. De 1975 a 1982 fue maestra de primaria en la escuela Nuestra Señora Auxilio de los cristianos en Los Ángeles, California y a partir de 1984 fue directora de la misma hasta que en 1994 recibió su cambio a la ciudad de Roma, Italia para colaborar en diversas actividades de casa —tarea a la que la beata María Inés llamaba «vida de Nazareth».

Yo la conocí cuando era directora de la escuela de Nuestra Señora Auxilio de los cristianos. Recuerdo que en mi primer visita a Los Ángeles ella me enseñó la escuela con lujo de detalles y con el amor que le caracterizaba a las encomiendas que le daban. Le dio mucho gusto saber que yo era su paisano y que era amigo de su hermana Cecy. Yo en ese entonces me disponía a continuar mi formación como novicio en Roma, Italia. Esa vez compartí con ella y con la comunidad de esa casa de Los Ángeles que ya no existe, un día de visita que dejó, como siempre que visito a mis hermanas Misioneras Clarisas, una gran enseñanza y el gozo de compartir el gozo de vivir la vocación a la vida consagrada.

En el año de 1996, la hermana Estela se incorporó a la comunidad de Misioneras Clarisas en Monterrey, Nuevo León su tierra natal, para colaborar en el Colegio Isabel La Católica. Allí también la traté en varias ocasiones. En el año 20000 regresó nuevamente a la escuela Nuestra Señora Auxilio de los Cristianos y permaneció allí hasta el año 2009 cuando se cerró la comunidad de los Ángeles y fue asignada a la comunidad de Sylmar allí mismo en California, para realizar diversos trabajos de traducción de español al inglés. Allí también hizo mucho apostolado, pues se dedicó a la catequesis de adultos.

Fue una hermana muy culta, muy educada, muy humilde y sencilla. Podemos decir que fue un alma que contagiaba de alegría a quienes estaban a su alrededor gracias a su carácter y a su perene alegría. En todos los lugares de misión se distinguió por ser una mujer muy trabajadora, generosa y responsable en todo lo que se le encomendaba, aunque gran parte de su vida la dedicó a la enseñanza de la niñez y la juventud. Sus compañeros maestros, los padres de familia y los diversos colaboradores la querían mucho por las «puntadas» que se le venían. La expresión «puntada», se utiliza en Monterrey para referirse a una frase coloquial como comentario o acción ingeniosa, divertida o inesperada.

Precisamente, en Monterrey, muchas exalumnas del colegio Isabel La Católica recuerdan a Estela por su destacada colaboración en la coordinación del departamento de inglés, donde, en inglés o en español, no perdía la oportunidad de dar buenos consejos, de estar al pendiente de la vida de fe de quienes colaboraban con ella dejando en todas las almas un mensaje de paz en una alegre convivencia.

Ciertamente, a pesar de ser tan ocurrente y amena, era una mujer de carácter fuerte y decidido que empleó para salir adelante en todo lo que se le pedía, combinando esto con su nobleza de corazón, sencillez y espontaneidad, cosa que le ayudó a conquistar muchos corazones y a dejar en ellos «el dulce olor de Cristo» (2 Cor 2,15).

Las hermanas más jóvenes de las Misioneras Clarisas que en sus últimos años convivieron con ella,  contaban que las llenaba de alegría y les dejaba un testimonio de amor y gozo por su consagración de vida que transmitía por medio de su sonrisa siempre auténtica.

Mientras le fue posible enseñó a las hermanas y en especial a un servidor en mis años en California, lo que ella había aprendido como docente. Como sacerdote, a la hora de la predicación, pude aplicar mucho de eso. En especial recuerdo como con sencillez me enseñaba incluso las «bad words» en inglés, para que los jóvenes de la parroquia no me agarraran en curva con el uso de esas palabrotas, que solo me sabía en español como buen regio. 

Como sacerdote, conocí mucho de lo que había en su corazón de mujer consagrada. Manifestaba siempre un profundo amor a Nuestro Señor y fielmente se esmeraba por no descuidar sus deberes como religiosa manteniéndose siempre fiel en su vida sacramental y en sus unión a Jesús eucaristía, especialmente en las horas de adoración al Santísimo Sacramento. Gustaba mucho de rezar el santo rosario de escuchar diversas reflexiones.

Ya mayor y habiendo sido alcanzada por la enfermedad, ofrecía todo y sufría las consecuencias de la enfermedad con paciencia. En su enfermedad fue dócil y humilde a las indicaciones que le daban los médicos y las hermanas responsables del cuidado de su salud. La diabetes fue su compañera por varios años y a pesar de que se fue agravando, se esforzaba por estar en todos los actos de comunidad. Su sobrino sacerdote, el buen Anuar, que vive en Monterrey, pudo viajar para verla en sus últimos días y agradecerle tantas y tantas oraciones que por él hacía. 

Su salud empezó a declinar a partir del año 2019, cuando tenía que ser constantemente internada en el hospital o en casas de convalecencia para recibir una mejor atención médica. En todo momento fue atendida por las hermanas a quienes recibía siempre con la alegría y sencillez que la caracterizaban. Así fueron sus tras últimso años de vida hasta que el domingo 3 de abril del 2022, en medio de la pandemia que azotaba al mundo, avisaron a las hermanas del hospital Católico de San José de la ciudad de Burbank en california, que su estado de salud era delicado. El día 11 por la mañana tuvo una muy leve mejoría y por la tarde de ese mismo día le empezó a bajar considerablemente la presión arterial y le faltó el oxígeno.

Acompañada de familiares y hermanas de la comunidad, mientras rezaban con ella y cantaban a la Virgen el canto «Un día yo iré, al cielo patria mía» abrió sus ojos y miró hacia arriba sin parpadear y  con una mirada llena de luz. Después del canto rezaron con ella la coronilla a la divina misericordia y se le fueron cerrando los ojos lentamente hasta quedar como dormida.

Confiamos en que la hermana Estela, por su vida hecha donación con alegría, haya entrado en la luz gozosa de Dios, en la casa del Padre y, con su ejemplo de vida, sintámonos nosotros llamados a trabajar para que nuestra vida sea realmente luminosa como la de ella, llena de la luz del amor, de apertura, de atención a los demás, porque solamente así habrá merecido la pena —ante Dios, ante los demás hombres, ante nosotros mismos— haber vivido.

Padre Alfredo.

Este video que se muestra a continuación, muestra a la hermana Estela en sus últimos años de vida. ¡Vale la pena verlo!

viernes, 6 de febrero de 2026

«EL OBISPO, SU SER Y QUEHACER»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy amanecí con la inmensa alegría de que mi compañero de seminario, amigo, padrino de ordenación diaconal y obispo de la diócesis de Matehuala, Mons. Margarito Salazar Cárdenas, ha sido elegido por el Papa León XIV para ser de ahora en adelante obispo de Tampico Tamaulipas. ¡Acabo de colgar el teléfono para congratularme con él y ofrecerle mis oraciones! Sé que con él Tampico se ha sacado la lotería, luego de que Mons. José Armando Álvarez Cano, antiguo obispo de Tampico, fuera nombrado arzobispo de nuestra querida diócesis de Morelia, en donde está nuestro noviciado y misión en el poblado de El Tigre, en la sierra michoacana. Un obispo en su diócesis actúa como maestro, pastor y santificador, siendo el líder que enseña la fe y preside la vida sacramental. Él gobierna pastoralmente su territorio, organizando parroquias, nombrando sacerdotes y cuidando de los fieles laicos y los consagrados, especialmente los necesitados, todo en comunión con el Papa y el magisterio de la Iglesia. 

A la luz de esto —a sabiendas de que mi reflexión hoy será casi tan larga como la Cuaresma que ya esta a la puerta— me viene compartir hoy un poco de las cosas prácticas que hace un obispo recordando que varias veces me han lanzado la pregunta. Un obispo —un arzobispo es lo mismo, con la diferencia que el arzobispo funge también como coordinador de una provincia eclesiástica, o sea un conjunto de diócesis— predica la Palabra de Dios y defiende la doctrina católica, explica las verdades de la fe y promueve el diálogo como responsable de la evangelización de su diócesis. Es el principal administrador de los misterios de Dios, administra los sacramentos de la confirmación y ordena sacerdotes y diáconos. En la Misa Crismal es él quien bendice los óleos sagrados para los sacramentos. Como pastor de su diócesis, guía a su rebaño organizando la vida pastoral, estableciendo parroquias y nombrando párrocos. Cuida la formación y el bienestar de sus sacerdotes y visita periódicamente las comunidades. El obispo es un vínculo para la sinodalidad de la Iglesia, porque representa a Cristo y es un signo de unidad para la diócesis, en comunión con la Iglesia universal y el Papa. El obispo es padre y mentor espiritual de sus sacerdotes y laicos. En resumen, el obispo es la cabeza visible de una Iglesia local, con la plenitud del sacramento del Orden, encargado de velar por la doctrina, la liturgia y la disciplina de su pueblo, como un verdadero pastor que da la vida por sus ovejas.

Pero la vida de un obispo, como la de todo ser humano, es a veces muy compleja, a todos se nos torna muchas veces difícil, se van sucediendo situaciones que nos cuesta comprender, muchas veces cosas que nos parecen absurdas, insensatas y contradictorias del mundo que nos rodea y camina a la deriva de Dios, lejos de él muchas veces. Ese es el gran reto de un obispo, de un sacerdote, de un consagrado y de cualquiera de los fieles laicos que quiera hacer presente a Cristo a su alrededor. Eso em recuerda el evangelio de hoy, en el que san Marcos, en el capítulo 6 nos narra el martirio de Juan el Bautista, aquel profeta del desierto a quien a Herodes le gustaba escuchar pero sin sentirse comprometido a cambiar de vida. Marcos nos relata todo lo sucedido en aquel cumpleaños y fiesta de Herodes. Su euforia con sus juramentos ofreciendo hasta la mitad de su reino a la hija de Herodías que tan magníficamente les había alegrado la fiesta con el baile. —¡Pide la que quieras! Le dijo. Ella instigada por su madre pidió la cabeza de Juan Bautista. Los que nos sabemos discípulos–misioneros de Cristo caminamos muchas veces junta vidas llenas de superficialidad y de vanidad como la de Herodes y su corte. Como Juan el Bautista y como Pablo Miki y sus compañeros mártires a quien celebramos hoy —martirizados junto a san Felipe de Jesús— hemos de establecer muy bien nuestra vida en unos valores que nos den profundidad y nos den certeza de alcanzar la salvación para nosotros y para muchos aunque el precio aquí en este mundo sea dar la vida. Dejémonos envolver por el evangelio de manera que empape totalmente nuestra vida, pidamos a María Santísima que nos ayude para que de nuestra vida comprometida broten por gracia frutos de vida eterna. ¡Felicidades querido monseñor Margarito y bendecido viernes para todos!

Padre Alfredo.

miércoles, 4 de febrero de 2026

En el examen del catecismo...

Después del examen de catecismo, el padre Rigo llamó a Jaimito y le dijo: —Jaimito: ¿no te da vergüenza haber copiado íntegramente el examen de Mariana? —Usted no puede demostrarlo padre, le respondió el niño, y además... ¡por qué dice que copié de Mariana? —Sí que puedo demostrar que copiaste de Mariana, porque todas las respuestas de ustedes dos son iguales, excepto la número 10, donde ella respondió «no sé» y tú pusiste «yo tampoco». 

domingo, 1 de febrero de 2026

Valor ante el sacrificio, el dolor, la Cruz.

El sufrimiento, la pena y el dolor, siempre acompañan la Vida el hombre y la mujer de Dios. Una pequeña muestra de esto es esto que el profeta Jeremías expresa dejándonos ver su sentir: «¿Por qué mi dolor no acaba nunca y mi herida se ha vuelto incurable? ¿Acaso te has convertido para mí, Señor, en espejismo de aguas que no existen?» (Jer 15,18). Jeremías dice que el Señor le respondió: «Si te vuelves a mí, yo haré que cambies de actitud… seguirás siendo mi profeta»... es decir, el Señor seguirá estando con Jeremías siempre, en medio del dolor y de la adversidad, en medio de los fracasos y las crisis por las  que todo ser humano puede atravesar.

El Señor es fiel y abrazó él mismo el dolor... la cruz. La cruz de la pobreza y de la soledad: «El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza»... «¿No han podido velar conmigo?».   

La cruz de la incomprensión de los que tenía más de cerca: «¿También ustedes van a dejarme?». «¿De qué venían discutiendo por el camino?». La cruz de la traición del apóstol: «¿Judas, con un beso entregas al amigo?» La cruz de la crítica del pueblo: «Este come con pecadores y prostitutas»...

Nuestro Dios es siempre fiel y sabe de penas, de abandono y de desierto. Su bondad da un sabor especial al sufrimiento y al sacrificio y cada día se entrega por nosotros en oblación, en un sacrificio que se realiza incesantemente en todo el mundo: La Eucaristía, el sacrificio de amor por excelencia en el que nuestro Dios se nos da por completo dejándonos su Cuerpo y su Sangre quedándose con nosotros para siempre.

Quien le encuentra, halla un tesoro; quien le descubre, le valora más que una perla de gran valor. En medio de las dificultades y de los problemas de toda vida de dedicación a Dios, el padre Pedro Julián Eymard, uno de los santos no muy conocidos, encontró en la Eucaristía la fuerza y el sostén de su incansable ministerio sacerdotal. En la Eucaristía, san Eusebio de Vercelli encontró eso mismo que también Nuestra Madre la Beata María Inés gustó: «La Eucaristía, fuerza y sostén de mi alma».

Cada vez que celebramos la Eucaristía, Jesucristo viene a nuestro encuentro para darnos valor ante el sacrificio, el dolor, la Cruz. Cada vez que participamos en este banquete, la llamada a darlo todo también nosotros, se hace nueva y nos invita a reestrenar la vocación.

La Virgen Madre, a quien contemplamos en una advocación especial y la llamamos «Nuestra Señora de los Dolores» y también «La Virgen de la Soledad», está a nuestro lado y con una discreta sonrisa en medio de este valle de lágrimas nos da la clave para perseverar con amor y avanzar de la Cruz a la luz. Ella, dirigiéndose a Cristo nos dice: «Hagan lo que Él les diga». 

Padre Alfredo.

Josefina Kato... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XC

Hace muchos años, el 18 de Febrero de 2010 a las siete de la mañana llegó el Esposo Divino por una de nuestras queridas hermanas Misioneras Clarisas, la hermana Josefina Kato Sadako a quien ahora quiero recordar y compartir algo de su vida con ustedes, mis queridos lectores. 

La Hermana Josefina fue una misionera japonesa incansable que tuve la dicha de conocer por allá en los años ochentas. Sus últimos días de vida fueron difíciles, pues padecía de Alzheimer y se encontraba internada en un centro especial muy cerca de la casa de nuestras hermanas en Karuizawa. Allí duró varios años. Siempre se caracterizó por su amabilidad y por una caridad exquisita. Se puede decir que fue una misionera a tiempo y a destiempo. Una de las características que más la distinguía era la sonrisa, una sonrisa perenne al estilo de nuestra Beata Madre Fundadora, incluso cuando ya permanecía atrapada por esa incomprensible enfermedad. 

La hermana pasó muchos años de su vida consagrada en la misión de Ota, en su tierra nata, dedicada, como la mayor parte de su vida, a la catequesis. En las diferentes misiones a donde la obediencia la envió, fue instrumento del que Dios se valió para invitar a algunas de nuestras hermanas japonesas a la vida consagrada. 

De una manera muy particular, la hermana Kato —como le llamaban de cariño— conjugaba la educación sobrenaturalizada con una sin igual simpatía que hacía a todo mundo pasar un rato agradable con sabor a recreación pero aprendiendo, a la vez, a vivir para Cristo. Era una persona muy positiva y emprendedora que en el corazón de todo el que convivía con ella, dejaba un olor a entrega, a bondad, a fervor y un gran deseo de que Jesús y su Madre Santísima fueran conocidos, pues su celo por la salvación de las las almas era tan grande, que aún cuando empezó a perder sus facultades por el Alzheimer, en el centro en donde estaba como interna, se ponía a evangelizar a como podía.

Nuestras hermanas religiosas cuentan que en una ocasión, cuando la fueron a visitar, los miembros del personal del centro —algunos de ellos obviamente budistas— les hicieron varias preguntas sobre la Biblia, sobre Cristo, sobre la fe cristiana. Allí logró fundar un grupo de personas de las mismas enfermas que estaban internadas, para hablar de la Fe católica. A la gente le gustaba escucharla...y hasta se hizo famosa por lo que al grupo le pusieron «El Club de la Hermana Kato». Así, junto a los clubs de Origami —figuras de papel doblado— o de música, de canto, tejido y otros, Jose no perdiendo oportunidad... ¡también hizo su club!

Las dos últimas semanas de su vida, estuvo en el hospital. Tuvo que ser trasladada al nosocomio pues aunque ya no padecía dolor por el avanzado grado de su enfermedad, empezó a tener problemas respiratorios, y al examinarla le descubrieron que tenía cáncer en los pulmones. Ya pasaba mucho tiempo en que la mayor parte permanecía dormidita, y fue así que, ya en el hospital, se fue apagando como un cirio esperando la llegada de su Señor.

Las Misioneras Clarisas de la comunidad de Karuizawa estuvieron a su lado para atenderla con mucho amor y dedicación en esos sus últimos días, hasta que llegó el momento del desenlace final en el que la el Esposo Divino llegó por ella, que estaba tan preparada como las diez vírgenes prudentes del evangelio, ya que desde el día en que la hospitalizaron, había recibido el sacramento de la Unción de los enfermos. 

Siempre, mientras pudo hablar, aún sin reconocer muchas cosas, se le escuchaba dar las gracias por todo. Murió en una hora muy particular acompañada de su superiora, la hermana Clara Yamazaki, porque, en ese momento, todas las demás misioneras de aquellas tierras del Sol Naciente, asistían a la Santa Misa en nuestras respectivas casas.

Les invito a que ahora que he recordado a nuestra querida hermana Josefína Kato, demos gracias al Señor por el regalo tantas hermanas, misioneras incansables, que han dejado en este mundo, unas huellas que son, sin duda alguna, las huellas de Cristo. Me viene ahora unas palabras de nuestra amada Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la iniciadora e inspiradora de esta gran Familia Inesiana de la que muchos formamos parte: «Jesús dulcísimo, que me has amado tanto y que quieres mi bien, y no te cansas de instruirme, se han abierto sobre mi alma esas claridades que sólo pueden dimanar de tu amor misericordioso, me has sumergido en ellas y, humillándose mi alma, ha comprendido, ha aceptado, ha amado».

Padre Alfredo.

LOS PROBLEMAS SOCIALES...


En alguna forma y de alguna medida, todos somos responsables de los problemas sociales. No basta al alimentarnos con la tranquilizante teoría de que ninguna persona es responsable del efecto total de los problemas sociales y que a mí no me toca resolver eso... Todos estamos involucrados.

«CHIQUITO PERO PICOSO»... Un pequeño pensamiento para hoy

Febrero es especial por ser el mes más corto del año, por tener el día 2 la fiesta de la Candelaria, el recuerdo de la presentación del Señor en el Templo en donde se celebra la Jornada de la Vida Consagrada. El primer domingo de este mes se celebra en México una fiesta tradicional en torno a una bebida antiquísima que se sigue consumiendo sobre todo en la capital mexicana: el Día del Pulque; la conmemoración de la Constitución mexicana el 5 y el Día de la Bandera el 24. Además en este mes nació el enigmático volcán Paricutín. Febrero tiene la particularidad de ser el mes bisiesto cada cuatro años. Se celebran también en este mes el Día Mundial de los Humedales el 2, el Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer el 4, el Día Mundial de las Legumbres el 10 el Día Internacional del Cáncer Infantil el 15 y el Día Internacional del Síndrome de Asperger el 18 de febrero; además contiene el Día Mundial de la Justicia Social el 20, el Día Internacional de la Lengua Materna el 21. Así que bien podemos decir como se estila en México: Febrero es un mes «chiquito pero picoso».

Este domingo, siguiendo con esto de «chiquito pro picoso», el evangelio nos lleva al pasaje del capítulo 5 de san Mateo en donde este escritor sagrado, inspirado por Dios, nos transmite «Las Bienaventuranzas». Las Bienaventuranzas son el camino de Jesús hacia la verdadera felicidad. No se trata de un conjunto de buenos deseos que no haya dejado Jesús, sino un programa de vida que se vive en lo pequeño y cotidiano —«chiquito pero picoso»— a través de actitudes como la pobreza de espíritu, la mansedumbre, la misericordia y la búsqueda de justicia, transformando la lucha de cada día en un conjunto de oportunidades para el Reino de Dios y la comunión con Él, contrastando con la búsqueda materialista del mundo que tiene a lo grande, a lo aparatoso, a lo espectacular y generando paz y alegría en el corazón, a pesar de los pesares.

La propuesta de las bienaventuranzas traza un movimiento singular: nace de lo pequeño, de lo chiquito de lo chiquito, de lo humilde, para convertirse también en una lucha en favor de los empobrecidos y pequeños de este mundo. Desde una perspectiva espiritual, solo quien se sabe pequeño experimenta la necesidad de Dios y puede dejar que entre en su vida. Los que participan de este espíritu, el de Dios, son bienaventurados —a pesar de las persecuciones—. Santa Teresita del Niño Jesús, hablaba de su «Caminito—, un sendero de santidad basado en la confianza absoluta en la misericordia de Dios y la aceptación gozosa de la propia debilidad, viéndola como una oportunidad para que el amor de Cristo actúe más plenamente, realizando las pequeñas cosas cotidianas con gran amor y por motivos sobrenaturales, como un niño que se abandona en los brazos de su Padre. Es un camino radical de amor sencillo que nos hace entender el sentido de las Bienaventuranzas y es accesible a todos. María de Nazareth también supo encontrar la dicha en lo pequeño: Belén, Nazareth, Caná... Qué Ella nos ayude a entender esto. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.