sábado, 23 de julio de 2011

Mi corazón se fue tras Él… Infancia y juventud de Madre Inés a la luz de la Palabra, hasta el ingreso al convento.

En nuestra época, a pesar de tantas incertidumbres y desvíos, nos encontramos con una profunda e intensa hambre de espiritualidad en muchos hombres y mujeres del mundo entero. En nuestra vida misionera, nos encontramos con numerosos fieles cristianos –laicos, personas consagradas, sacerdotes– que, movidos por el Espíritu Santo, desean recibir una “dirección espiritual”, un acompañamiento, unas pistas o tips para ser conducidos por un camino seguro de progreso que les lleve a ser santos, esto es, a la plenitud de la vida espiritual cristiana, hasta llegar a la “unión con Dios” (Jn 17,11) y a la “transformación en Cristo” (Gál 2,20). ¡Quieren ser santos!

Cuando hablamos de “Santidad”, contemplamos la apertura a una realidad que hace al hombre y a la mujer –comunes y corrientes– experimentar, su más singular posibilidad y transgredir de modo misterioso las fronteras naturales de su limitación. Dicha potencia, pareciera ser vislumbrada casi con certeza por ciertas almas privilegiadas y es quizás uno de los rasgos más diferenciales respecto al resto del común de los mortales. Y es que sin atribuirse para sí ninguna capacidad superior, hacen presentes en su ser –o en realidad van dejando curso para que éste ser surja–, y lo despliegan con la coherencia propia de un sujeto que aprende a conocerse a sí mismo a lo largo de toda su vida, o por lo menos desde que toma conciencia del llamado que Dios hace a la santidad. Esta lucidez se desarrolla con tal radicalidad en los santos, que intuyen que sólo dejándose transformar por una fuerza trascendente pueden consumar aquello que late en lo hondo y que está presente en todos los individuos, cuyo íntimo susurro señala una misión particular, un camino a recorrer y da, a saber, una posibilidad única e ineluctable que empuja a una concreción. Por esto, al hablar de la santidad, hablamos de un fenómeno individual con una repercusión mucho más amplia que es germen de algo que trasciende fronteras, espacios y tiempos. Basta tener, aunque sólo fuera un puñado de santos, para iluminar a muchos otros que vagan con su existencia a cuestas, sumidos en la rutina del sinsentido.

Vamos ahora a dar un recorrido por los primeros pasos de un alma privilegiada que se supo llamada a la santidad y que aún desde muy pequeña, con la ayuda de dos elementos son claves en esta empresa de la santidad –reflexión y vivencia– pudo descubrir, iluminada por la Palabra de Dios, el llamado que el Señor hace a vivir la vida para Él y los que Él ama.

El mundo en el que Manuelita de Jesús nació, es el mismo en el que nos encontramos nosotros, un mundo que ya no espera, que no aguarda el milagro, un mundo que se debate entre el bien y el mal, un mundo en el que para muchos no queda otra posibilidad que el dolor de soportar el mal que agobia al universo entero: la enfermedad, la guerra, el consumismo, la drogadicción, la violencia intrafamiliar, la desesperanza, el desamor… ¿qué habría diferente en los tiempos en que san Pablo, Manuelita de Jesús o cada uno de nosotros nacimos? Quizá la electricidad, el celular, la televisión, los satélites, el problema de la capa de ozono o la fabricación de las drogas sintéticas llamadas cristal o piedra, pero el mundo sigue siendo el mismo que nos narra la Palabra de Dios desde la creación, un mundo que muchas veces se aleja de los planes de Dios y se acerca como coqueteando constantemente con el egoísmo.En medio de todo esto, la Palabra de Dios, siempre viva y eficaz, va resonando en los corazones y la santidad es entendida como el desarrollo de una vida auténtica en la que el ser alcanza coherencia con aquello que es y con la Palabra encarnada que es Jesús. El legado del alma santa es ayudarnos a descubrir que la clave de toda realización personal y comunitaria se encuentra impregnada de amor a la Palabra para hacerse en entrega eucarística, pan partido como Cristo.

Entre las figuras públicas del mundo de hoy y de siempre, hay mucha gente que se contenta vistiendo sus quehaceres con la etiqueta del éxito, pero tarde que tempranos se da cuenta de que eso no hace sentirse más que satisfecho, como cuando se ha comido muy bien; la fragilidad humana es propia del modo cambiante de una cultura que a fin de cuentas está siempre enclavada en lo pasajero, mientras que en las figuras de los santos, el amor y la vivencia de la Palabra plasma la gran obra, el sueño edificado de hacer de la vida, como diría Madre Inés, “un himno ininterrumpido” de alabanza al Creador, una fuente de entrega y generosidad para salvar almas, donde al final del camino espera la construcción compartida de la civilización del amor y no el egoísmo del triunfo individualista.

El itinerario de santidad de Manuelita de Jesús tiene toda una trayectoria que se inicia desde el vientre materno hasta concretizarse luego en la elección definitiva por la vida consagrada. Todos nacemos pecadores, pero el bautismo nos purifica de nuestros pecados, nos santifica y nos convierte en hijos de Dios, haciéndonos entrar en “el pueblo de los santos”, en “el pueblo de Dios”. El Nuevo Testamento da a los cristianos bautizados el título de “santos” por la acción santificadora que el Espíritu Santo obra en nosotros en el momento de nuestro bautismo. El Espíritu Santo nos hace pasar de la “situación de injustos y pecadores al estado de justos y santos”. El Espíritu Santo nos hace santos.

Quinta de ocho hijos del matrimonio Arias Espinosa. Nuestra Madre Fundadora fue bautizada el 9 de julio de 1904, dos días después de haber nacido, con el nombre de Manuelita de Jesús, y creció dentro del ambiente de una familia cristiana que vivía su fe en torno a la Eucaristía y a la Palabra de Dios. Desde pequeña recibió una excelente educación y formación católica, siendo muy querida y aceptada por amistades y familiares, especialmente por su alegría, sencillez y caridad. Debido a la ocupación de su padre: Juez de Distrito, la familia Arias Espinosa vivió en diferentes ciudades: Tepic, Mazatlán, Guadalajara, etc. Durante algún tiempo trabajó en una institución bancaria en la ciudad de Mazatlán.

Los padres de Manuelita provenían de familias profundamente cristianas y ambos se esforzaron por formar a sus hijos de acuerdo a sólidas convicciones de fe. Tanto ella como sus hermanas y el pequeño Eustaquio, estudiaron en colegios dirigidos y orientados por religiosas y aunque allí se les inculcaba en el fervor a las devociones católicas, aprendieron más del ejemplo de sus propios padres.

Don Eustaquio se convirtió en una figura central para la formación de sus ocho hijos; pero para la vida y vocación de Manuelita, su padre fue una inspiración definitiva. Se sabe que fue un hombre de una esmerada educación que pertenecía a una familia considerada de abolengo. Había cursado la carrera de leyes con una trayectoria que lo llevó muy pronto a ser magistrado. A pesar de que todos le conocían como un juez intachable, ni el ambiente antirreligioso que predominaba, ni el ocupar puestos públicos, disminuyeron en este hombre, su enorme fe y su amor a la Palabra de Dios. A todos sus hijos quiso añadirles el día de su bautismo el nombre de Jesús, pues Él era su modelo y su guía.

Para Nuestra Madre, no representó nada extraordinario dedicar varias horas a la oración y a la meditación de la Sagrada Escritura. Tanto ella como sus hermanos lo aprendieron de su padre. Don Eustaquio, después de la cena, apenas terminada la sobremesa donde comentaba a su mujer los principales asuntos del día, se aislaba del bullicio familiar para iniciar largas meditaciones. Su introspección lo llevaba a caer de rodillas sin importarle que los sirvientes lo miraran con curiosidad.

A Manuelita desde muy pequeña le gustaba observar a su papá. Siempre por las noches, lo veía dar vueltas por los corredores de la casa en una actitud de total recogimiento. En una ocasión, después de ver cómo elevaba con frecuencia su rostro al cielo, le preguntó por qué hacía eso. Él le contestó sonriendo: Platico con Dios; nos entendemos muy bien, de corazón a corazón. A lo largo de su vida ella tendría tiempo de comprobar que ese hombre al que tanto admiraba, mantendría hasta el final, esa fuerte y estrecha relación divina.

La caridad fue una práctica cotidiana en el hogar de los Arias y tanto las niñas como el pequeño Eustaquio aprendieron antes de saber leer, a ser generosos y sensibles a las necesidades de los demás. La educación en aquellos años era rígida y en la mayoría de los casos, los niños aprendían a costa de duros castigos. Manuelita y sus hermanos disfrutaron, por el contrario, de un padre juguetón, lleno de jovialidad, que los tuvo embelesados y los hizo felices: “Jamás nos dirigió una palabra áspera” dirá. “Cuando tenía que corregirnos, lo hacía por la convicción y con palabras llenas de cariño y de fuerza” –escribió en su diario– años después.

María Espinosa, su madre, se entregaba en alma y cuerpo a su esposo y a sus hijos. Los acontecimientos dolorosos que la vida le presentaba, fortalecían más y más su inquebrantable fe cristiana. Madre Inés, al referirse a ella, en uno de sus escritos la colocó a la par de la mujer fuerte del evangelio. Lupita, hermana de Madre Inés a quien tuve el gusto de conocer, refiere lo siguiente sobre su mamá: “Sin faltar a las obligaciones de esposa y madre, se dedicaba a obras de apostolado y varias de nuestras amigas se dirigían a ella para encontrar consejo y resolver sus problemas juveniles.

En la memoria de Manuelita quedaron grabados sólo bellos recuerdos de sus papás y hermanos. El secreto de la efectiva educación que heredaron tanto ella como sus hermanos, fue resultado del ya muy conocido, pero difícil proceso de educar coherentemente a través de la palabra y el ejemplo, todo ello basado en la meditación diaria, de sus padres, de la Palabra de Dios.

La pequeña Manuelita fue quizá, demasiado vivaz y traviesa. La cercanía, por orden de nacimiento, con su único hermano, la hicieron compartir con él juegos de acción y secundarle en algunas correrías intrépidas. Destacaba sobre todo en esta futura misionera, su espontaneidad y alegría por un lado, y por otro, su forma de ser decidida y tenaz. Doña María puso un especial interés en formar a una niña de estas características. No debieron ser pocas las veces en que Manuelita tuvo que ser reprendida por su madre, como todos los niños, para aprender bien la lección para crecer y formarse como hija de familia e hija de Dios.

“En 1911 recibió por primera vez la Eucaristía, con gran devoción y comprensión sorprendente para una niña de su edad”[1] No se tienen datos de donde fue, Manuelita de Jesús tenía seguramente ya sus 7 años cumplidos y guardará estos momentos de gozo para siempre: “Necesitaría escribir un libro para desahogar los afectos de mi corazón al considerar este sublime misterio, que ha hecho las delicias de mi alma desde el día feliz en que él se me dio, desde el día en que se me mostró en toda la divina munificencia de su amor, en toda la esplendidez de su misericordia, en toda la ternura de su perdón”.[2]

Para Manuelita, en ese entonces, era común escuchar las expresiones bíblicas como:

– “¡Haced todas vuestras cosas por amor!” (1 Cor 16,14).

– “Ya sea que comáis, bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10,31).

– “Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo en el nombre del Señor Jesús, dando por medio de él gracias a Dios Padre” (Col 3,17).

– “Todo cuanto hagáis, hacedlo con toda el alma, para agradar al Señor y no a los hombres, conscientes de que él os dará la herencia en recompensa” (Col 3,23).

– “En Cristo Jesús lo que cuenta es la fe que se hace operante por la caridad” (Gál 5,6).

A propósito de este último consejo del apóstol, hay que recordar que en el “amor a Dios y al prójimo” se sintetizan la Ley y los Profetas (Mt 22,36-40; Gál 5,14); cosa que Manuelita fue copiando de la oración de su papá y de la caridad de su mamá que le fueron llevando a percibir siempre el “amor-caridad” que sintetiza la definición misma de Dios: “Dios es misericordioso, bondadoso, paciente, rico en amor y en fidelidad” (Éx 34,6). O, según una expresión condensada y bien conocida, “Dios es amor” (1 Jn 3,8). Todo ello se comentaba muchas veces el domingo al regreso de la Misa Dominical o cuando se rezaba el rosario en familia cada día. Podemos afirmar que gran parte de la formación religiosa de la Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fue bebida por ella directamente de la Palabra de Dios.

El tiempo pasó y un día el Señor tocó a la puerta del corazón de Manuelita, el mismo Dios que es la Palabra encarnada, dio con un corazón que a pesar de tener todo, parecía que no tenía nada.

En alguno de sus escritos comenta que el tiempo fue pasando y que todo contribuyó a ir conociendo más a Dios: “Santas profesoras religiosas, catecismos, directores”.

Se cree, por uno de sus escritos[3], que la Sierva de Dios perteneció a la Acción Católica[4] y que allí fue poniendo en práctica lo aprendido en el hogar, sobre todo el conocimiento de la Sagrada Escritura. En este escrito Manuelita de Jesús, habla del Santo Padre y explica cómo la joven seglar debe colaborar en la Viña del Señor. Ciertamente en ese entonces no pensaba todavía en ingresar a un Convento, era “una joven que vivió plenamente las sanas aspiraciones de su época, siendo alegre, entusiasta y educada”[5],

Tenía ya 18 años pero ella misma relata que parecía tener 15 y que hasta los 20 años gozaba de asistir a fiestas y paseos para lucirse y ser atendida por los demás, “sin embargo —cuenta con sencillez— esto no me llenaba. Mi corazón ya presentía la nada y la vanidad de todo el mundo, siempre salía hastiada”. Vanidad de vanidades, dice el Cohelet; vanidad de vanidades; todo es vanidad (1,2).

En 1924, la familia Arias se va a vivir a Colima, Manuelita iba a cumplir 20 años y presentía que, en su vida, algo iba a cambiar. “En mayo de 1924 salimos de Tepic a Colima, sentía en mi alma algo que no acertaba a comprender. En la Ciudad de las Palmas seguí mi misma vida, tampoco faltaron los pretendientes, e igual que los anteriores, no lograron conmoverme. Se acercaba el tiempo de la gracia”[6].

Un día de septiembre de ese año —como ella misma nos cuenta— se empezó a sentir mal. Resulta que tenía un fuerte acceso de apendicitis: “En septiembre me dio un acceso fuerte de apendicitis que en ocho días me dejó flaquísima. Apenas repuesta me llevaron a Guadalajara, donde según opinión de los médicos que me vieron, necesitaba operación. Yo rotundamente me negué, tenía miedo”[7]. Mientras los médicos hacían los estudios correspondientes, análisis y demás, Manuelita se hospedó en casa de su prima Angelita y antes de regresar a Colima, su prima le prestó un librito, “Historia de un alma”, la célebre autobiografía de santa Teresita del Niño Jesús. La futura misionera la fue leyendo de camino de regreso a casa, un libro que la fue animando a someterse a la intervención quirúrgica ofreciendo sus padecimientos por la salvación de las almas. Desde entonces, llamará a santa Teresita: “Mi santita predilecta”.

En octubre del mismo año de gracia, 1924, durante los días del Congreso Eucarístico en México, sonó el momento designado por la infinita misericordia de Dios y ya no pudo resistir a su voz: “Jesús Eucaristía, al pasar cerca de mí, dejó caer sobre mi alma una de esas sus inefables miradas que tienen el poder de conmover, de transformar”.

Ese Jesús de la Hostia blanca y pura, es el mismo Jesús de la Escritura, y ella narra que su mirada se cruzó con la de Jesús en la Eucaristía que le dijo: “¡Sígueme!… no profirieron otra palabra sus labios, y ya el corazón se fue tras Él”.

Allí, en Colima, llegó para Manuelita el momento que ya presentía. En la Lira del Corazón, relatará años más tarde el llamado a la luz de la Palabra aplicando al alma elegida hermosas palabras del Cantar de los Cantares y del salmo 45: «Oye hija mía, mira, inclina tu oído, olvida tu pueblo y la casa de tu padre», «ven paloma mía, amada mía, ven».

El día 19 de noviembre la operaron en Guadalajara y ya todo era nuevo. Entre el 8 y el 12 de diciembre recibe gracias maravillosas de la Madre Dios que, vestida de Guadalupana le prodigó de carisias y ternuras inenarrables, según cuenta ella misma.

En el año de 1925, Manuelita se consagra al Amor Misericordioso como víctima de holocausto. Trabajaba en un banco y aparentemente vivía igual que las demás chicas de su edad, sin embargo escribe: “Tenía que domar mi carácter y me había propuesto no ceder, aunque fueran innumerables los sacrificios”. Narra que para ella el banco era como la casita de Nazareth y su único anhelo empezó a ser el mismo de siempre: La salvación de las almas. Sus pláticas con la Madre del cielo, duraban horas y horas en un diálogo íntimo y comprometedor que sentará las bases de la obra misionera que mucho tiempo después verá con claridad. Al reverso de una fotografía del altar lateral de la Iglesia de San Miguel que está en Guadalajara, escribe a máquina y firma con su puño y letra lo siguiente: “Leí entonces y traté de profundizar, aquí, ante la Sma. Virgen el tratado de “Esclavitud de María”, el que de pronto no entendía. Pedí con insistencia a la Sma. Virgen me lo diera a comprender, y con una alegría grande noté y sentí en mí un inmenso amor a María el cual vivía en mi corazón, hasta pareciéndome que superaba al de Jesús. Me entregué a Ella por entero, y la vida espiritual que ya había nacido en mí, desde antes de la operación, se intensificó con la ayuda de mi dulce M. Santa Ma. De Guadalupe.

Desde aquel entonces Manuelita buscaba la manera, el modo, el lugar en donde consagrar a Dios su vida por la salvación de las almas, pero, el tiempo de la persecución religiosa arreciaba y las direcciones a las que acudía eran casas vacías, espacios abandonados porque las religiosas habían emigrado a Estados Unidos o a Europa.

La esperanza llegó cuando podía irse a California con su hermano Eustaquio para ingresar allá con las Clarisas, pero, un pero más, como en toda vida, frenó en ella la intención. El 1 de julio de 1928 Eustaquio muere de apendicitis.

Al igual que a los grandes hombres y mujeres de la Escritura, Dios le cambia los planes a Manuelita y tiene que esperar un año para ingresar.

Cuando llegó el momento de la partida para ingresar al convento, recurrirá nuevamente a la Sagrada Escritura y dirá recordando aquel día de su ingreso al convento: ¡Cuán dolorosa fue mi partida!, pero siendo Dios quien llama, ¿se le puede decir que no? Cuesta sangre del alma; sólo un Dios que es fuerza, sólo un Dios que es amor, sólo un Dios que tiene derecho a pedir, puede decir como a Abraham: Sal de tu tierra, de tu casa, etc., y sigue por el camino que yo te mostraré.

Así, a la luz de la Palabra, se puede ver el tránsito hacia los valores más preciados, los que en rigor no pueden comprarse y que hacen necesario atravesar el sufrimiento, que tarde o temprano advendrá. Tanto en lo individual como en lo social, todo alumbramiento pasa por la escuela del dolor y será por eso que a los santos se les define como aquellos hombres y mujeres que dejan pedazos de su alma en los bordes filosos de la historia. Es que la santidad requiere de un amor hecho sacrificio y esta es la parte del mensaje que se prefiere no escuchar.

A nuestra nueva beata mexicana, a nuestra amada madre fundadora, Dios no le gustó de lejos, como cuando se disfruta el calorcillo del sol y se puede esquivar su ardor… no, a Nuestra Madre le gustó el Dios que como en la Escritura le dijo: ¡Sígueme! Y su corazón se fue tras Él.

Nuestra Madre va a ser beatificada, ella ha llegado a la meta que se nos ha propuesto desde nuestro nacimiento, un caminito que nos señala Dios a todos, no es un espejismo o un ideal inalcanzable.

Hemos visto, como en la infancia y juventud de Nuestra Madre, los medios de santificación fueron los mismos de hoy y siempre: Palabra, Eucaristía y María, tríptico maravilloso que sirvió de entrada a la oración y a la vivencia de los sacramentos, que a su vez la fueron llevando paso a paso, con la gracia de Dios, y la lucha alegre, a ir caminando hacia Jesús, a corresponder a su amor con su “Sí” como el de María a la luz de la Palabra en una correspondencia que se manifiesta en la sensibilidad para hacer la voluntad de Dios. Con estos medios tuvo la experiencia de Dios, como la tuvo Moisés en el Monte Sinaí ante la zarza ardiendo sin consumirse, cuando se le manifestó el Señor diciéndole: “descálzate porque este lugar es santo”, y cuando bajó del monte, cuando su faz reflejaba la luz divina. Es también la experiencia de San Pablo camino de Damasco: ciego ante la luz, para penetrar en la luz interior. Eso, hermanos y hermanas, es la santidad a la luz de la Palabra: sentir a Dios en nosotros, sentirse mirados por Dios que tira de nosotros con suavidad y fuerza hacia arriba, si le tomamos la mano que nos ofrece para que allá donde está Él también vayamos nosotros. Esa determinación de seguir a Cristo se va desplegando en una serie de virtudes que al procurar vivir con alegría y constancia, se va haciendo heroísmo como las vidas de los personajes de la Sagrada Escritura en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

Ha dicho Jesús: “Una sola cosa es necesaria” (Lc 10,42): la santidad personal. Este es el secreto de la infancia y juventud de Madre Inés, la buena nueva para el mundo, la siembra de paz que necesitan muchos niños y jóvenes de hoy. La gran solución para todo, es la santidad.

Dios llama a todos, pero sólo unos cuantos le responden. Ésos son los santos: hombres y mujeres llenos de debilidades y defectos que se han puesto a la disposición de Dios; que han estado dispuestos a darle cinco panes y dos peces, como aquel chiquillo del Evangelio, para que Él pueda dar de comer a cinco mil hombres; hombres y mujeres que le han prestado una casa para que Él instaure la Eucaristía; gente buena que ha quitado piedras de los sepulcros para que Él resucite a los muertos. Hombres y mujeres que se han animado a ser fermento, a ser sal, a ser luz para iluminar a los demás.

El pertenecer a esos pocos que escuchan y responden a Dios sólo depende de cada uno, el contexto de la infancia y juventud, puede variar, Dios sigue queriendo nuestra miseria para que brille su misericordia en el camino de santidad a la luz de la Palabra.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.
Congreso Inesiano 2011
Cuernavaca, Casa Madre.

[1]Misionera sin fronteras, p. 3
[2]ARIAS ESPINOSA María-Inés-Teresa OSC. Misericordias Domini in aeternum cantabo, 27 de junio de 1943.
[3]El escrito al que nos referimos es “A mis queridas compañeras de la Acción Católica”, realizado posiblemente en 1929.
[4]Aunque hay quienes afirman que nunca estuvo en la Acción Católica, sino que seguramente alguna amiga le pidió que le escribiera algo.
[5]Misionera sin fronteras, p. 5
[6]ARIAS ESPINOSA María-Inés-Teresa OSC., Cuenta de Conciencia, escrito probablemente en 1929.
[7] ARIAS ESPINOSA María-Inés-Teresa OSC., Cuenta de Conciencia, escrito probablemente en 1929.

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