viernes, 9 de septiembre de 2016

EL JUBILEO DE LA MISERICORDIA SIGUE AVANZANDO... ¿Cómo lo estamos viviendo?


Santa Faustina Kowalska, escuchando la voz del Señor escribió en su diario lo que el mismo Cristo le decía: «La humanidad no tendrá paz, hasta que torne  con confianza a Mi Misericordia» (Diario No. 1074). El Papa Francisco, decidió convocar un Jubileo extraordinario que colocara en el centro la Misericordia de Dios: «Será —dijo el Papa— un Año Santo de la Misericordia».

El misterio de la fe cristiana, parece haber encontrado su síntesis en esta palabra: «MISERICORDIA». Ella se ha vuelto viva y visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazareth. Quien lo ve a Él ve al Padre (cf. Jn 14,9). El Señor Jesús, con su palabra y con sus obras y con toda su persona en general, revela la misericordia de Dios.

Siempre hemos tenido necesidad de contemplar el misterio de la misericordia, pero, este Año Jubilar, el Señor ha estado grande. Hemos podido volvernos a adentrar, de una manera personal, en la Iglesia y en el muno entero, en este misterio insondable de Dios Amor, fuente de alegría, de serenidad, de paz y a la vez, condición necesaria, para nuestra salvación. Bien dice san Juan de la Cruz que «al atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor».  Cuando nos encontremos cara a cara con Dios, Él no nos preguntará cuánta riqueza acumulamos, cuántos títulos profesionales tuvimos, cuántas propiedades compramos sino cuán misericordiosos fuimos amando sin medida. La misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón cuando uno mira con los ojos de la fe al hermano que encuentra en el camino de la vida, es la vía que une a Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados, no obstante el límite de nuestro pecado. ¡Busquemos la reconciliación con Dios y con nuestros hermanos! ¡Frecuentemos los sacramentos! ¡Re-estrenemos nuestra fe!

Al atardecer de nuestras vidas Dios nos preguntará cuánto hemos amado a los demás, cuánto dimos de nosotros mismos, cuánto superamos nuestro egoísmo y salimos de nuestro egocentrismo para ayudar a los demás, cuánto fuimos capaces de mirar el corazón de la otra persona para entenderla y comprenderla, cuánto explotamos nuestra capacidad de amar que fue dada a cada uno en mayor o menor medida. El Papa Francisco, con este año Jubilar nos deja un anhelo que se hace tarea para todos: «¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros». (MV 5).

Este Jubileo de la Misericordia va que vuela. Vivimos en un tiempo en el que, con la tecnología, que avanza tan rápidamente, la humanidad se ha alejado de Dios y ha caído en las garras del pecado y la oscuridad. El hombre necesita volverse al rostro misericordioso de Dios y ser expresión de su amor. El Papa Francisco reconoce que no se puede “dejar las cosas como están” y pide a todas las comunidades una “conversión pastoral y misionera” (EG 25). El hombre de hoy necesita seguir escuchando que hay esperanza; que Dios en su Misericordia quiere que todos se salven pero la única condición es el cambio de corazón; el reconocer los pecados y con un profundo arrepentimiento volver a Dios y alejarse del mal.

El Año Santo se abrió el 8 de diciembre de 2015 cuando celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción, porque el papa nos invitó a recordar que después del pecado de Adán y Eva Dios no quiso dejar a la humanidad en soledad y a merced del mal. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. Este año se concluirá en el ya cercano mes de noviembre, con la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo el día 20. Ese día, cerrando la Puerta Santa (que se ha multiplicado al haber varias Puertas Santas en todas las diócesis del mundo), el Papa nos ha invitado a guardar en el corazón un profundo sentimiento de gratitud y reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. A estas alturas cabe preguntarnos: ¿Cómo he vivido este Jubileo? ¿Qué huellas va dejando en mi corazón? Como ama el Padre así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos llamados los unos con los otros a ser misericordiosos.

Constantemente, el hombre y la mujer de fe, buscando la Misericordia de Dios recurrimos a María, la Virgen misericordiosa. María, objeto preferencial de la misericordia de Cristo, es también la llena de gracia, de toda la gracia que necesita para ser la Madre de Dios, Madre-Virgen. Ella, la Madre del perdón en el amor, y del amor en el perdón, está al servicio de la Misericordia de nuestro Dios. 

No perdamos el tiempo, porque el Año Jubilar se acaba, se nos puede ir de las manos... Acojámonos a la misericordia maternal de María en nuestra debilidad: «Bondadosa Madre de la Misericordia, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa del Espíritu Santo, noble descanso de la Santísima Trinidad; elegida del Padre, preservada por el Hijo y amada del Espíritu Santo… Tú eres en las cosas dudosas nuestra luz; en las tristes das consuelo; en las angustias alivio, y en los peligros y tentaciones fiel socorro, eres paraíso de gracia y espirituales dones. Bienaventurados los que de veras te aman y sirven, y por los que por santidad de vida se hacen siervos y devotos tuyos, a tu piedad, pues, recurro, Reina y Señora mía, para que me enseñes, gobiernes, y defiendas en todas las horas y momentos de mi vida; Te suplicamos humildemente que nos alcances de la Majestad divina la gracia que hoy te pedimos, si conviene para el bien de nuestra  alma y si no conviene, Tú como abogada nuestra, dirige nuestra  voluntad sólo a lo que sea honra y gloria de Dios, y salvación de nuestra alma». Amén.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

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