domingo, 27 de febrero de 2011

Misterio de Amor. ¡Vamos a Misa!

Yo creo que mucha gente no participa en misa porque no se conoce o no se entiende todo lo que sucede en torno al altar, ni saben qué significan los signos, los ritos, los cantos, las palabras litúrgicas y los tiempos de la ceremonia. De esta manera se convierten en una especie de espectadores extraños y más si solamente van a Misa cuando hay boda, quince años o difunto. La asistencia a misa dominical es realmente muy reducida entre el número de católicos. 

La misa no es un misterio abstracto, no es algo puramente teatral o intelectual, ni algo frío, inerte o simplemente técnico o rubricista. La misa es una celebración viva y palpitante que, cuando se comprende, nos hace revivir los acontecimientos de la última cena, nos hace presente el sacrificio de la cruz, y nos hace injertarnos de vida divina mediante la participación de la comunión eucarística para proyectarnos hacia la unión perfecta y eterna con Dios dando testimonio de su amor en el mundo. 

La misa es el acto de adoración más perfecto que pueda ofrecerse a Dios porque allí Cristo continúa ofreciendo al Padre Eterno lo que es y lo que hace en nosotros. En la misa estamos unidos plenamente a Cristo y lo expresamos con gozo en el «Amén» que la asamblea recita o canta después de que el presidente de la celebración dice: “Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos”. 

La misa es la acción de gracias más sentida que le podamos dar a nuestro Padre Dios, porque no son donde de la naturaleza los que se ofrecen en sacrificio, bajo las apariencias de pan y vino, ofrecemos a Dios lo único capaz de darle gracias perfecta y substancialmente, lo mismo que Él nos ha dado, su Hijo Jesucristo. 

En la misa, Jesucristo ejercita la mediación en persona, estando realmente ofreciéndose al Padre, presentándole sus sufrimientos del viernes santo y exteriorizándole todo lo que hay en nuestros corazones como necesidades, súplicas, intenciones y acciones de gracias. 

En la misa, que no deja de celebrarse cada día alrededor del mundo, Jesucristo ofrece el precio de nuestra redención a fin de que libres de la condenación eterna, seamos agregados a los elegidos. Esa entrega redentora de Jesucristo alcanza también a los que nos precedieron y duermen ya el sueño de la paz, porque satisface las deudas de los difuntos y los libra del tiempo de purificación, para que entren ya a gozar del cielo que abrió con su sangre el Cordero Inmaculado.  

Así como los primeros discípulos, participaban de la celebración Eucarística acompañados por María, pidámosle que ella nos ayude a valorar y comprender todo este misterio de amor en plenitud.

Alfredo Delgado, M.C.I.U. 

jueves, 24 de febrero de 2011

Una receta para salsa...

Esta salsa queda buenísima... ¡y es muy norteña!:

Ingredientes:

100 gramos de chile de árbol
4 dientes de ajo grandes
1 cucharada de pimienta negra
1 cucharada de comino
1 pedacito de cebolla (al gusto)
Sal al gusto
1 puño de orégano
1 cucharita de aceite de oliva.

Elaboración:

Se mete todo a la licuadora y... ¡ya está!.

martes, 22 de febrero de 2011

Los 105 años de la tía Amparo

El sábado pasado buena parte de la familia de mi papá, nos dimos cita en la Casa de Reposo "Divina Providencia", hogar de nuestra querida tía Amparo, quien nos invitó a compartir con ella unos momentos de oración y de fiesta para darle agracias a Dios por haber llegado a sus 105 primaveras.

La cita era a las 4 de la tarde, respetando el horario de visita de la institución, que nos permitiría estar allí de 4 a 7. Al llegar nos fuimos saludando los que nos encontramos seguido, además de irnos reconociendo los que hace años no nos veíamos. Empezamos nuestra reunión con una celebración de la Palabra en la que la festejada participó activamente escuchando el mensaje que el Señor le dirigía. Le dimos a gracias a Dios por el regalo de esta maravillosa mujer que, a sus años, sigue dando muestras claras de lo que es la caridad cristiana y, como dicen que para muestra basta un botón, recordamos que en Navidad pasada tía Amparo rifó entre familiares y amigos una colcha para bebé que ella misma tejió para destinar los fondos a una institución que vela por niños desamparados.

Después llegó el momento de la merienda, unos ricos taquitos al vapor que la misma cumpleañera había dispuesto que se sirvieran y claro, acompañados de refrescos y agua fresca. Enseguida llegó el momento del pastel, que se convirtió en un desfile de pasteles de diverso calibre: Primero los que habían sido decorados con la leyenda "Feliz cumpleaños 105" y luego el de Tres leches, el de mango, pays y demás.

Tía Amparo estuvo radiante todo el tiempo, enfundada en un elegante conjunto celeste y perfectamente peinada. Desde su silla de ruedas sonrió a cada uno y dio palabras de aliento que comprometen a amar la vida y a vivirla como Dios lo va disponiendo, porque siempre, es una oportunidad para dar amor.

No fue casualidad, como lo dijimos, que la reunión haya sido en sábado, día dedicado a la Virgen, porque ella, ha sido la compañera inseparable de "Amparito" como muchos le llaman de cariño.

¡Feliz cumpleaños 105, tía Amparo".

lunes, 21 de febrero de 2011

Los viajes recorriendo México...

Los años pasan, la vida da vueltas y más vueltas, y como bien dicen por allí, recordar nuestro pasado enriquece nuestro presente. Soy feliz de ser misionero, volvería a hacer esta elección vocacional siempre, me siento contento de haber podido responder con un "sí" al llamado inicial que Dios me izo y que trato de reestrenar cada día.

Un misionero, por lo general, tiene que viajar mucho. Yo creo que lo traigo en la sangre como herencia de unos padres a los que, desde antes de que yo naciera, ya viajaban y, en unas líneas, quiero hacer remembranza de algunos de esos viajes que han quedado grabados en mi corazón y que me ayudaron, desde pequeño, a valorar la fe recorriendo tantas y tantas iglesias y conventos en diversos lugares. Museos, Catedrales, parques temáticos y de diversiones, ruinas arqueológicas, malls, zoológicos y tantas cosas más.

Tengo vivos recuerdos de infinidad de viajes que hicimos Lalo y yo con papá y mamá. Aquellos veranos en México, visitando al abuelo, aprovechando que papá, por el trabajo, pasaba gran parte de julio y agosto allá; o aquellas cabalgatas en la tierra coahuilense que vio nacer a papá, paseos entre Allende, Zaragoza, Piedras y por supuesto Eagle Pass. Las idas a Laredo los sábados o a McAllen con los padrinos Raúl y Amelia. Según, sé, desde el vientre materno fuí a San Antonio Texas. Me viene ahora a la mente aquel otro viaje con Lalo, Yoyina y las sobrinitas a Houston y las divertidas vacaciones en diversos años a La Isla del Padre.

Me acuerdo de vacaciones en Tampico y Veracruz, acompañados de los tíos y primos en algunas ocasiones o de los padrinos en otras. Los recorridos de San Luis Potosí y San Juan de los Lagos o Zacatecas, Guadalajara y Guanajuato con los amigos de papá y mamá en Guadalajara.

Cómo olvidar los paseos en las playas del Revolcadero o Caleta en Acapulco con los Gómez, o aquellas playas vírgenes de Tuxpan... Algunos de los primos o tíos recordarán aquel viaje que hicimos a México: unos en avión, otros en autobús o en aquella camioneta verde del tío Humberto para luego continuar a Guadalajara con una "fallida" escala en Morelia. Me veo retratado de pequeño en el acueducto de Querétaro o en una trajinera de Xochimilco junto a Lalo y aquellas tías de México que nos llevaban a la Basílica Antigua. Qué días aquellos en los que subíamos corriendo los escalones de la pirámide del sol en Teotihuacán o jugábamos carreritas Lalo y yo en Tajín.

Y pienso también en los viajes que compartimos ya siendo yo seminarista o sacerdote a Cuernavaca, a la Casa Madre; a Tabasco, con la belleza de La Venta y Palenque; o a Puerto Madero y Tapachula en Chiapas; a "La Caldera" en Abasolo y por supuesto a muchos lugares de Michoacán como la ribera del lago de Pátzcuaro que tanto hemos disfrutado hasta hace pocos años.

Por eso ahora, cuando tengo que pasar horas enteras dentro de un autobús o de un avión... contemplo, recuerdo, revivo aquellos momentos y rezo dando gracias a Dios por esta maravillosa vocación de ser misionero y viajar para llevar el mensaje de salvación como misionero, portador del amor de Jesús, el Misionero del Padre que, desde pequeño, hubo también de viajar.

Con estas palabras, he hecho ahora también  un viaje, y conste que escribo "estando de viaje",  hospedado en el Distrito Federal en frente de la Basílica de Guadalupe y celebrando el día 2 de la Candelaria.

¿Cuántos viajes más haré? No lo sé, porque en tantos años, la tarea misionera me ha hecho ir hasta África, pero sé, definitivamente, que habrá un viaje final, y será hermoso, porque será el regreso feliz a la Casa del Cielo para contemplar a Dios cara a cara. Mientras llega el día... mañana sigo aquí para ir al funeral de la mamá de uno de nuestros vanclaristas más entregados; luego participo en un encuentro sacerdotal misionero; el sábado voy a Puebla y lunes a Cuernavaca , luego regreso a Monterrey y después... ¡Si Dios quiere, a dónde Él quiera!

domingo, 20 de febrero de 2011

Tía Reyna voló al cielo...

"Las almas de los justos están en las manos de Dios
y no los alcanzará ningún tormento".
Sab 3,1-9


Corrían los primeros minutos del sábado pasado cuando Reyna Ayala dejó este mundo luego de una enfermedad que le acompañó por un buen tiempo. "Tía Reyna", como me enseñaron mis papás a llamarle desde muy pequeño, era la comadre entrañable de mi mamá que, motivada por mi misma madre, se adentró a vivir su vocación de esposa, madre y apóstol cristiano en la "Agrupación de Esposas Cristianas" desde hace mucho tiempo.

Son muchas, muchísimas las cosas que recuerdo de esta maravillosa mujer, casada con "mi tío Samuel" (también tío de cariño y ferviente y comprometido miembro de la Iglesia Metodista) y madre de Samuelín, Carmina y la Chata. Fueron 82 años de una larga vida en la que no pude ver otra cosa que no fuera el rostro de una mujer feliz que destilaba caridad y justicia. Sí, podemos decir que esa fue una característica especial en ella: dar a cada uno lo que le corresponde y eso, acompañado de mucho amor. Así lo puede testimoniar la familia, los "sobrinos" como yo, los compadres, los chicos y chicas que se asistían en su casa, los vecinos, en fin...

De muy pequeño, era la vecina de al lado, con todas las buenas características que una vecina excepcional pueda tener. Mujer de temple y a la vez alegre, con una carcajada que para mí será siempre inolvidable y que invitaba a reír con ganas. Sencilla y generosa, ¡siempre dio y se dio con alegría! Entre las amigas de mi madre era conocida como "la comadre Reyna"

Tanto ellos, como nosotros, nos cambiamos de aquella calle de Torreón, en la colonia Chapultepec y las relaciones cordiales y de familia siguieron siendo las mismas, o quizá, más profundas. Los hijos tomamos rumbos diferentes y los compadres siguieron su mismo camino de compartir la vida en la plática alegre, las visitas mutuas, el café y la tarea hermosa de vivir para Cristo con una vida serena y llena de Dios. ¡Era sabrosa la plática con tío Samuel y tía Reyna!

Hace algunos años le diagnosticaron un cáncer en el estómago que no diezmó para nada su fe, vivió alegremente llena de esperanza obedeciendo a los médicos, siguiendo tratamientos y visitando frecuentemente el hospital. En los últimos meses, aunque ella no lo decía, sí lo decían los demás con un cierto aire de dolor: "¡Se le ve muy cansada!"

Ahora ella ya no está cansada, ella goza, estoy seguro que ha "volado" al cielo porque su vida fue un cumplir la voluntad de Dios realizándose plenamente en lo que Dios le había encomendado. El Señor me permitió acompañarle en el último adiós en la Misa Exequial en la que muchísima gente participó con fe, agradeciendo los infinitos beneficios que Dios concedió a tía Reyna y a muchos y muchas a través de ella, la mujer justa y llena de caridad. La Virgen la llevó de su mano al cielo, era sábado el día del funeral.

¡Qué hermoso es desgastar la vida así... dándose! Descanse en paz tía Reyna.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 15 de febrero de 2011

Pay de queso...

Soy alérgico a los productos lácteos de vaca, muchos lo saben. Esa alergia me vino no se de qué ni por qué. Los médicos dicen que mi organismo no produce una enzima que es la encargada de lidiar con algunas bacterias de los lácteos, menos mal que el resto de la vaca no me hace daño.

Hace años, para ser exacto, algunos lustros, se puso en boga un pay de queso que era frío y que a los pequeños y adolescentes nos encantaba. En una visita que hice a casa de mis papás, me vino a la mente aquel pay y mamá, ni tarda ni perezosa, me apuntó en un papelito y de memoria, la receta. Yo recuerdo que ella y tía Angélica, entre otras, hacían hasta la base del pay con galletas Marías y margarina; dice mamá que ahora ya venden esa base hecha.

Les comparto la receta del pay de queso frío.

Ingredientes:
1 base para pay.
1 lata de leche condensada La Lechera.
1 barra de queso Philadelphia.
1 sobre de gelatina sin sabor  Knox.

Modo de preparación:
Con la batidora, se acrema el queso Philadelphia con la leche condensada. Por otra parte, la gelatina sin sabor se disuelve en 1/2 taza de agua caliente y 1/2 taza de agua fría. Se añade la gelatina a la mezcla acremada, se sigue batiendo y se mete al congelador. Cuando está a medio cuajar se saca y se vuelve a batir. Se coloca en la base para pay y se adorna con galleta molida espolvoreada, con alguna jalea de frutas o con fruta en almibar. ¡Es una delicia! Pero, si lo hacen, no me vaya a dar, porque eso, de verdad,literalmente... ¡me mata! 

lunes, 14 de febrero de 2011

El día del amor y la amistad...

Ya casi se termina este día del amor y la amistad y para mucha gente termina la fiesta de celebrar algo. Lo más hermoso es pensar que, desde que Cristo vino al mundo, para los creyentes, cada día que pasa es el día del amor y la amistad, porque su huella de amor al Padre y a los hermanos, ha quedada plasmada en cada bautizado que como Él, quiere pasar por el mundo amando a su estilo... Así, cada día no celebramos algo como este día, sino celebramos a Alguien que es Amor y Amistad en plenitud. ¡Felicidades cada día!

viernes, 11 de febrero de 2011

Celebrar en comunidad, las primeras comunidades cristianas y nuestra Misa.

La Primera carta a los Corintios describe lo espontaneo de las Misas de aquellos tiempos; san Pablo da instrucciones que aseguren el orden, pero todo se hace siguiendo las iniciativas de los miembros de la comunidad: «¿Qué concluimos, hermanos? Cuando os reunís, cada cual aporta algo: un canto, una enseñanza, una revelación, hablar en lenguas o traducirlas; pues que todo resulte constructivo. Si se habla en lenguas extrañas, que sean dos cada vez o, a lo más, tres, por turno, y que traduzca uno solo. Si no hay quien traduzca, que guarden silencio en la asamblea y hable cada uno con Dios por su cuenta... De los inspirados, que prediquen dos o tres, los demás den su opinión. Pero en caso que otro, mientras está sentado, reciba una revelación, que se calle el de antes, porque predicar inspirados podéis todos, pero uno a uno, para que aprendan todos y se animen todos. Además, los que hablan inspirados pueden controlar su inspiración, porque Dios no quiere desorden, sino paz» (1 Cor 14,26-33).

La norma consistía en evitar el bullicio para que no se perdiera el individuo como don y carisma; para que todo aprovechara a la asamblea. Procuraba también san Pablo que los inspirados no se excedieran y cansaran a la gente; dos o tres a lo más. Por lo demás, libertad plena; cada uno podía contribuir con lo que tuviese, dando así amplias facilidades a la expresión individual y colectiva; las experiencias cristianas podían manifestarse sin traba. Ninguna mención se hace de un responsable del orden; la autoridad del Apóstol, aunque distante, parecía suficiente, pñorque formaban una verdadera comunidad. Con su sentido habitual de la igualdad, no envía san Pablo las normas a un individuo que asegure su observancia, las propone a la comunidad entera, después de una larga explicación (1 Cor 14,1-25) que prepara la unanimidad.

Así tendrían que seguir siendo nuestras celebraciones hoy. Una celebración centrada en Cristo; ningún miembro de la asamblea reclamaba para sí una atención especial o acaparaba la celebración; incluso podemos pensar en la presencia de María en aquellas celebraciones. Hoy nos encontramos con coros u orquestas, sobre todo en bodas, que son el centro, más que Cristo y los novios; o por otra parte ministros "extraordinarios" que se sienten dueños de la celebración y que no dejan participar a otras personas; sacerdotes que a veces hablan y hablan en la homilía alargando la celebración hasta cansar o que por otra parte hacen del espacio de la predicación un foro para hablar de todo, menos de Dios.

En algunos escritos del Nuevo Testamento, redactados más tarde, como las cartas a Timoteo y a Tito; aparecen cargos, los presbíteros u obispos, a quienes se atribuye el papel de presidir. Ciertamente un desarrollo necesario; en todo grupo se manifiesta el líder, y es posible que en Corinto mismo, aunque san Pablo no lo mencione, alguno o algunos se encargasen del orden; tal función si existía; san Pablo reprocha precisamente a un inspirado que pronunciaba la Acción de Gracias en una lengua incomprensible, sin desempeñar, por lo que parece, ningún cargo en la comunidad (1 Cor 14,16-17).

Es instructivo comparar la celebración cristiana con la de los pueblos primitivos. Entre ellos, aunque hubiera un líder, el portador del ritual mágico era el grupo, pues para poner en movimiento a las fuerzas trascendentes pensaban que hacía falta un todo transpersonal. La unidad del grupo era, pues, creadora y estaba dirigida y abierta a lo numinoso.

Cambiando las categorías se puede aplicar este principio a la celebración cristiana: la manifestación divina tiene lugar en el grupo unido. Así, podemos decir que en la celebración de nuestras Eucaristías, es de vital importancia la participación de todos, cada uno en su papel. Es secundario que algunos miembros ejerzan funciones especiales, necesarias o convenientes para la mayor eficacia; en este contexto, ni siquiera el carisma establece mérito particular. Dios mira a su pueblo, redimido con la sangre de Cristo, «pueblo santo y sin defecto en virtud del amor mutuo» (Ef 1,4). No son los dones particulares ni las funciones en el interior del grupo lo importante ante Dios, sino la unión en la caridad fraterna.

En las primeras celebraciones cristianas, la unión era casi física, a nivel de especie; era la expresión de ser amor y vivir la hermandad. Esto se hacía a un nivel libre, como respuesta personal a Dios que se revela. El único vínculo necesario para la celebración es, hoy también, el amor mutuo, y su centro no es ningún miembro particular del grupo, sino necesariamente Cristo mismo. El Espíritu actúa cuando la comunidad responde con la fe, Cristo está presente entre los que cumplen su mandamiento, y Dios se revela como Padre solamente en una comunidad de hermanos.

En el pasaje citado de san Pablo aparecía netamente la aportación de cada uno según el propio carisma. La celebración cristiana excluye el monopolio; no hay miembros pasivos en el grupo cristiano ni los dones se repiten; cada uno tiene el suyo particular y ha de contribuir con él, por modesto que sea.

Con razón la Venerable Madre María Inés Teresa Arias decía simplemente: "Procura tú también con el Sacerdote celebrar la Santa Misa, humildemente recogido, en actitud de adoración, penetrado hondamente de tu papel, de tu actuación en ese gran sacrificio" (Lira, Primera Parte, III).

viernes, 4 de febrero de 2011

La Eucaristía de los primeros cristianos...

La Iglesia, en sus inicios, vivía la hermosa experiencia de celebrar la Eucaristía de una manera muy viva. El capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles nos lo deja ver claramente: «42 Se mantenían firmes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración. 43Todos estaban asombrados por los muchos prodigios y señales que realizaban los apóstoles. 44Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común: 45vendían sus propiedades y posesiones, y compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno. 46No dejaban de reunirse en el templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad, 47alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos».

Con unos cuantos versículos, podemos palpar la experiencia de Iglesia que vivían en el primer siglo. Una experiencia espiritual profunda de compartir, proyectando la Eucaristía más allá del momento de la celebración, haciéndonos ver que cada uno de los que participaba en la Fracción del Pan (como llamaban en ese entonces a la Misa), se transformaba en «Pan Partido» como Jesús. Un acontecimiento que es sólo fruto de la vida divina en nosotros. Sólo la vida de Dios en nosotros puede hacernos experimentar este ser pan partido para los demás. 

Esta era la experiencia de vida de la Iglesia primitiva, una experiencia de vida donde Cristo era el centro de todo y de todos, donde Cristo era la vida misma de la Iglesia, donde Cristo era el todo de la Iglesia. Dicho ahora en términos subjetivos, era una Iglesia que vivía apasionadamente por Cristo, una Iglesia que tenía a Cristo como su primer amor, donde los afectos estaban puestos en su debido lugar y donde, en esa escala de valores y de amores y afectos, Cristo Eucaristía era el mayor afecto, el mayor valor en el corazón de los hermanos. 

Pero, por otra parte, el libro del Apocalipsis del Apóstol san Juan, nos habla de una iglesia que quizá, poco tiempo después, comenzó a decaer, una iglesia que perdió su primer amor, su caridad inicial (Ap. 2,4), cuando el Señor le dice a la iglesia de Éfeso: «Recuerda por tanto de dónde has caído y arrepiéntete y vuelve a las primeras obras, vuelve al primer amor», para aquella iglesia, seguramente aquello sonaba a invitación a volver a algo que tuvieron y que habían perdido, porque la iglesia, en el principio, sí que lo tuvo. 

A la luz de estos dos pasajes, quisiera que captáramos también nosotros, los hombres y las mujeres del tercer milenio, lejanos tal vez en el tiempo y el espacio de aquella iglesia, este mensaje de volver al primer amor, a ese amor ferviente de Jesús Eucaristía y llenar de fervor nuestras celebraciones eucarísticas con el mismo gozo de los primeros cristianos. 

San Justino, quien fue un gran filósofo y mártir (muerto hacia 164), nos describe la celebración de la misa dominical en sus tiempos tal como la vio en Roma: «El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los Profetas. Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas. Luego nos levantamos y oramos por nosotros... y por todos los demás dondequiera que estén, a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar la salvación eterna. Luego se lleva al que preside el pan y una copa con vino y agua mezclados. El que preside los toma y eleva alabanzas y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y da gracias largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones. Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo ha respondido “amén”, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes el pan y el vino “eucaristizados”». (SAN JUSTINO, Carta a Antonino Pío, Emperador, año 155)

La celebración de la Eucaristía, y su prolongación en una vida de caridad fraterna, caracterizaban la vida interna de las comunidades cristianas, y constituían su eje vital. Esas comunidades, como es de suponerlo, estarían, –como las nuestras–, formadas por personas (por tanto imperfectas), pero que luchaban por mantener la fe, el culto y el amor fraterno para vivir así y testimoniar al mundo que Dios camina entre nosotros.

En la célebre «Carta a Diogneto», el autor, –desconocido hasta nuestros días–, nos cuenta que los cristianos no se distinguían de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. Nos dice que no establecieron ciudades exclusivas suyas, ni usaban alguna lengua extraña, ni vivían un género de vida singular, sino un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario, Ponen mesa común, dice, y viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Aman a todos. Son pobres, y enriquecen a muchos. (Cf. Carta a Diogneto, III “Los cristianos en el mundo”)

Es lo mismo que nosotros, los cristianos del tercer milenio podemos vivir al ser alimentados por Jesús Eucaristía, si nos dejamos transformar por Él. Todo alimento bueno fortalece y llena de energía; todo alimento bueno infunde al organismo lo que necesita. No dejemos de acercarnos a la Eucaristía Dominical y, si es posible, a misa diaria también. Allí, como los primeros cristianos, acompañados por María, seremos alimentados con el Pan de Vida que en nosotros construye la nueva civilización del amor.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.